Ridículo llanto hormonal


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La lucha es real, gente. Las hormonas nos rompen el alma, la mente y el corazón. De pronto, todas esas cosas súper mundanas se convierten en una potencial amenaza para tu estabilidad emocional. Te cachas llorando con la mirada fija en la pared y sin saber qué lo provocó. Aquí los testimonios de algunas queridas lectoras:

El comercial

Lloré con el comercial de Campbell’s de la familia homoparental. Me conmovió mucho, sin más razón. No puedo explicarlo. Ni siquiera soy tan sensible.

Lore, 33 años

El comercial vol. 2

Lloré con un comercial de Telcel donde pasaban a personas hablando bien felices desde lugares diferentes del mundo. Los paisajes me conmovieron muchísimo y no dejaba de pensar: “Ay, se han de extrañar un montón”.

Tania, 29 años

El reality

Lloré espantosamente viendo un reality en el que una chava que se iba a casar con su novio que estaba en silla de ruedas. Al final de la boda, ella lo ayuda a pararse y lo sostiene mientras él intenta caminar con ella. No sé con precisión el momento en el que empecé a llorar, pero me invadió mucho sentimiento.

Mónica, 26 años

El refri

Se descompuso mi refri y fue suficiente para que me tirara en la sala a llorar pensando: “¿Por qué nada me sale bien? ¿Por qué las cosas malas le tienen que pasar a buenas personas como yo?” No duró mucho. Fue como un llanto de 4 minutos y después, como si nada, le llamé al señor que arregla cosas para solucionarlo. Todo salió bien.

Silvia, 31 años

La cruda

Me desperté después de una fiesta y empecé a llorar porque estaba muy cruda. Sólo por eso. Me sentía mal, tenía náuseas, dolor de cabeza, cansancio y mucho, muchísimo llanto. Me despierto cruda una vez a la semana, pero sólo esa vez me causó mucho dolor emocional. Pensaba que me lo merecía por ser tan mala persona y que seguro mi mamá estaría muy avergonzada de mí si se enterara. De ahí me salté a pensar que mi mamá había sido tan buena madre y yo le respondía empedando y crudeando sola en mi casa. Luego pensé en que estaba sola en mi casa y no había nadie que me abrazara. Y una cosa llevaba a la otra, pero no podía dejar de llorar.

Martha, 33 años

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