México-Tenochtitlan: memoria de una ciudad imaginada / ‘La Semanal’

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Autor: admin publiko 8 agosto, 2021


Bien podría decirse que toda gran ciudad tiene una historia real y otra imaginada, a veces muy bien entrelazadas o en relación de continuidad: la ciudad histórica da lugar a la ciudad imaginada. Esta crónica de la fundación de México-Tenochtitlan, tan bien documentada, sigue los indicios de esa travesía.

La historia, como la teología o las ciencias naturales, es una forma especial de pensamiento.

R. G. Collingwood

La fundación de Tenochtitlan es un tema que traspasa los límites de la historia para entrar en el terreno ilimitado de la mitología. Las antiguas memorias de la humanidad habitan esos espacios sin tiempo, aunque los orígenes de la capital mexica no acontecen en épocas tan pretéritas. Su fundación tuvo lugar en el siglo xiv, cuando la civilización occidental superaba la Edad Media. La razón de este anacronismo se sustenta en la ignorancia que existía en Europa de lo que pasaba en gran parte del planeta. En el continente que llamamos América, la historia de la humanidad avanzaba por otros caminos, no sólo en el sentido de evolución social y cultural de los pueblos, sino que ese proceso transcurría en otra línea temporal. Europa y América vivían historias paralelas.

El origen y desarrollo de México-Tenochtitlan es un hecho histórico que no conocemos con exactitud, las características de las fuentes referenciales nos llevan necesariamente a la conjetura y la especulación. Hay datos más directos, aunque parciales y discutibles, sobre el esplendor y la caída de la ciudad, pues tuvo lugar cuando su devenir histórico concurre con la otra historia, la que al comenzar el Renacimiento entraba en la Edad Moderna. Entonces se produce el encuentro de dos mundos desconocidos entre sí, que genera una colisión de efectos catastróficos: uno de ellos resulta destruido, se extinguen su tiempo, su historia y su cultura. La ciudad es demolida, su memoria sepultada y, a partir de entonces, México-Tenochtitlan se convierte en una ciudad imaginada.

Las fuentes: peregrinaje y fundación

Huitzilopochtli les dijo: Pues a ese lugar donde halléis el tunal con el águila encima le pongo por nombre Tenochtitlan.

Diego Durán

Ningún documento original se libró de la metódica eliminación realizada por los invasores. Las fuentes que tenemos para intentar rescatar la historia de los pueblos del nuevo mundo se deben a testimonios de los conquistadores y a la labor de los frailes que los acompañaban, quienes, con objeto de conocer mejor sus costumbres, copiaron y transcribieron compendios pictográficos y relatos verbales de los indígenas para facilitar su misión de conversión religiosa. Esos códices y documentos tienen demasiados inconvenientes para ser considerados fidedignos: sufrieron importantes modificaciones al pasar a un sistema alfabético, están mediatizados por factores culturales y fueron tergiversados por intereses de todo tipo.

En las fuentes que relatan el peregrinaje del pueblo azteca, que culmina con la fundación de Tenochtitlan, hallamos varias versiones del hecho que, en materia y argumentos, son esencialmente la misma. Todas coinciden en que la fundación de la ciudad se debe a la validación sensorial de una imagen simbólica, prevista como señal para alcanzar el objetivo del éxodo: encontrar un nuevo asentamiento donde desarrollarse como pueblo, el lugar del que hablan sus mitos: el carrizal donde el águila, con la serpiente en su pico, se solaza sobre un tunal que sale de la piedra.

De esta historia casi nada se sabe con certeza: ni quiénes eran los peregrinos; ni la ubicación geográfica de Aztlán, su lugar de origen; ni cuando partieron guiados por su dios tutelar, Huitzilopochtli–algunas fuentes señalan que fue en el año 1-tecpatl (pedernal)–; ni el tiempo que duró su peregrinaje –se calculan 165 años–; ni el itinerario preciso que siguieron.

Se sabe que después de muchos avatares llegan al valle de México y que, durante un ciclo de cincuenta y dos años, recorren la zona lacustre estableciéndose en nueve lugares diferentes, cuatro años en cada uno de ellos, menos en Chapultepec, donde permanecen dos décadas. En ese deambular cumplen su verdadero viaje iniciático al observar la cultura y las creencias de los pueblos que están allí asentados: el pueblo peregrino asimila esos saberes y los hace suyos.

Se dice que cuando los tepanecas, uno de los pueblos nahuas de las lagunas, los expulsan de su territorio, ellos se refugian en una isla del lago de Texcoco y allí tiene lugar el portento: la visión del águila con la serpiente en su pico posada sobre el tunal (tenochtli). Así, los peregrinos de Aztlán completan su misión y Huitzilopochtli les dice: “Ahora ya no os llaméis azteca. Ya sois mexica” (Códice Aubin). Cambian su nombre, se convierten en el pueblo elegido, y el espacio lacustre en torno al tunal (tenochtitlan) es el lugar señalado para edificar su ciudad. Esto sucede en el año 2-calli (casa), 1325, controvertida fecha fundacional de México-Tenochtitlan.

Con el inicio de la vida sedentaria dan el paso de la atemporalidad mitológica a la historia, de la cosmogonía a la cronología. Al integrar pasado y presente renacen a un nuevo ciclo y consuman la génesis del pueblo mexica con la proclamación de una ciudad-Estado (altépetl), la elección de un soberano (tlatoani) y la exaltación de una doctrina (teotlamatiliztli).

Desarrollo y esplendor: la gran Tenochtitlan

De la grandeza, extrañas y maravillosas cosas de esta gran ciudad de Temixtitán, no podré yo decir de cien partes una.

Hernán Cortés

Después de establecerse en una isla del lago de Texcoco, los mexicas nombran al primer tlatoani de México-Tenochtitlan, Acamapichtli, descendiente de la estirpe tolteca. Le suceden sus hijos Huitzilíhuitl y Chimalpopoca. Durante el gobierno de Itzcoatl, el cuarto tlatoani, se liberan del yugo tepaneca al derrotarlos en coalición con Nezahualcóyotl, soberano de Texcoco. Este hecho marca el comienzo del dominio de los mexicas que, al formar la Triple Alianza con Tlacopan y Texcoco, se apoderan del imperio de Tezozómoc y se extienden por Coyoacán, Xochimilco, Tultitlán y una veintena más de poblaciones.

La grandeza adquirida por los mexicas contrasta con lo que poco tiempo antes habían sido: un pueblo perseguido, rechazado por todos los altepemeh de la zona lacustre. Quizás por eso Itzcoalt decide adecuar los hechos pasados a la perspectiva presente, la etapa de expansión del imperio y el auge de México-Tenochtitlan: “No es bueno que todos conozcan, la tinta negra, la tinta roja, lo que lleva la carga, […] pues se forjarán muchas mentiras” (Códice florentino).

A Itzcoatl le suceden Moctezuma Ilhuicamina y Axayácatl, que sofoca el levantamiento de Tlatelolco y lo incorpora a la ciudad. Sus hermanos, los tlatoanis Tizoc y Ahuízotl construyen el Templo Mayor y extienden el territorio mexica al sur de Tehuantepec y al norte de Xalisco. El noveno tlatoani, Moctezuma Xocoyotzin, dirige el imperio y la ciudad en su máximo apogeo. Los soberanos del linaje de Acamapichtli habían alcanzado en menos de dos siglos la hegemonía de los mexicas en Mesoamérica y el apogeo de Tenochtitlan.

En 1519, tropas invasoras llegaron a la ciudad después de una larga travesía por mar y un violento peregrinar por tierra; habían salido de su lugar de origen en busca de un nuevo mundo donde asentarse. Los conquistadores, al mando de Hernán Cortés, conocieron la gran Tenochtitlan en todo su esplendor, fueron huéspedes de los mexicas y vivieron un tiempo en la urbe lacustre. Podemos imaginar la capital del imperio a partir de los testimonios que aportan el propio Cortés, en sus Cartas de relación al emperador Carlos; el soldado Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España; y las Relaciones de los otros soldados cronistas: Andrés de Tapia y Alonso de Aguilar. Asimismo, existe un mapa de la ciudad, atribuido a Cortés, que fue publicado en 1524 para la edición latina de su segunda carta.

La primera impresión que tuvieron del valle de México, cubierto de lagos donde parecían flotar los núcleos urbanos, fue de total asombro porque era, “ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como veíamos” (Bernal). Todos los testimonios resaltan la grandeza de Tenochtitlan, admiran su funcionamiento y la avanzada organización de sus servicios. La ciudad era un altépetl, el núcleo de organización social, política y económica donde habitaban los mexicas. Una urbe centralizada en torno al poder religioso y administrativo, con un recinto sagrado, el Templo Mayor, que albergaba numerosos templos y adoratorios. Un espacio impresionante que, “dentro del circuito della, que es todo cercado de muro muy alto, se podía muy bien facer una villa de quinientos vecinos” (Cortés). En el complejo ceremonial había una plaza enlosada, un enorme zócalo de cuatrocientos metros de lado con acceso a las calzadas que comunicaban la ciudad con los pueblos de la costa lacustre.

Las calzadas principales eran vías de comunicación, sistema de defensa y diques hidráulicos. Estaban trazadas sobre el agua y tenían compuertas para regular su paso de un lado a otro. Iban al norte hacia el Tepeyac, al poniente a Tacuba y al sur hacia Coyoacán e Iztapalapa. También marcaban los límites de los cuatro barrios en que inicialmente estuvo dividida Tenochtitlan. Al oriente, se llegaba al gran embarcadero de Tetamazolco, donde se concentraba el transporte náutico de la ciudad, puerto de entrada de productos y servicios desde las poblaciones ribereñas.

La traza de Tenochtitlan respondía a creencias religiosas. En la zona urbana las calles tenían canales paralelos para el tránsito de canoas. Por la superficie del lago navegaban lanchones para el transporte de desperdicios orgánicos que se utilizaban como abono en las chinampas. Bernal comenta con sorpresa la existencia de letrinas en casas, mercados y calzadas. Se calcula que un millar de personas se encargaba diariamente de la limpieza urbana.

La arquitectura tenía influencia de ciudades como Tula y Teotihuacan, que en otra época se desarrollaron en la comarca. Tenochtitlan contaba con más de cincuenta edificios monumentales, entre ellos, los palacios de Moctezuma, ubicados al sureste de la plaza; el palacio de Axayácatl, en el lado oeste de la explanada, donde alojaron a los españoles; y los pabellones que albergaban aves y otros animales, auténticos zoológicos situados al este del recinto sagrado. Las casas cercanas al centro ceremonial eran residencias de altos funcionarios y nobles (pipiltin). Algunas parecían museos, en su interior había patios, jardines botánicos, estanques, huertas y espacios de recreo.

Tenochtitlan se dividía en cuatro grandes barrios (campan) y cada uno de ellos en colonias habitadas por clanes familiares y gremios profesionales (calpullis). Los barrios principales eran: al noroeste, Cuepopan; al noreste, Aztacalco; al suroeste, Moyotla; y al sureste, Zoquiapan; posteriormente se incorporó Tlatelolco al norte. Cada uno tenía su propio centro religioso y en los calpullis había zonas de tierra cultivable (chinampas) donde sus habitantes compartían el trabajo de sembrar y cosechar. En los barrios habitaba la gente del pueblo llano (macehualtin): artesanos, pequeños comerciantes y administradores públicos de bajo rango que vivían alejados del centro de la ciudad, en casas edificadas con cal y canto. La clase social más baja (mayeques y tlatlacotin) vivía en habitaciones de carrizo y lodo junto a las chinampas.

También llamó la atención de los conquistadores el control hidrológico que había en Tenochtitlan. Del sistema hidráulico destacaba un conducto de agua del “ancho de un buey” (Cortés, Bernal) que partía del manantial existente en el cerro Chapultepec y llegaba a la ciudad por la calzada oeste. Construido por Moctezuma i en 1455, fue la obra de ingeniería más importante para abastecer a la urbe de agua potable. También estaba el albarradón de Nezahualcóyotl, levantado en 1449, un largo dique para la contención del agua salada del interior de la laguna, controlar las mareas para evitar inundaciones y dar protección a las chinampas, el sistema de creación de sustratos de cultivo y expansión territorial que permitió crecer a la ciudad para albergar mayor población.

Otro aspecto que impresionó a los invasores fueron los mercados (tianquiztli). Además de la gran plaza del centro de la ciudad a partir de 1473, con la incorporación de Tlatelolco a Tenochtitlan, su mercado se convirtió en el mayor polo comercial de la urbe mexica. Los testimonios dan cifras sobre los miles de personas que pasaban por allí cada día (de 20 a 60 mil). En estos mercados, los grandes comerciantes (pochteca) compraban géneros para realizar trueques en las provincias del imperio y abastecer de productos básicos a la capital. Aparte de esos mercados centrales, cada calpulli tenía su propio tianguis.

“Quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que había y del gran concierto y regimiento que en todo se tenía…”, cuenta Bernal y nos da una lista detallada de los artículos que se podían adquirir en ellos: metales y piedras preciosas, plumas, mantas, animales de caza, todo tipo de artesanías y, “otras mercaderías de indios esclavos y esclavas”, además de la gran variedad de frutas y comidas que se vendían.

El tributo de los pueblos sometidos a su vasallaje permitió a los mexicas desarrollar la infraestructura y los servicios que aseguraron el funcionamiento, la convivencia y el esplendor de México-Tenochtitlan.

Caída y desaparición

Mandó Cortés que así españoles como indios saqueasen la ciudad.

F. Cervantes de Salazar

Se puede decir que la caída de Tenochtitlan empezó en noviembre de 1519, cuando los invasores fueron recibidos como huéspedes en la ciudad. Durante los ocho meses de permanencia en ella observaron su funcionamiento y conocieron el entramado urbano que se asentaba en las orillas de los lagos. Esta circunstancia resultó clave para la caída del altépetl mexica.

La matanza del Templo Mayor, durante la fiesta de Tóxcatl, fue el preámbulo del primer enfrentamiento entre los habitantes de México-Tenochtitlan y sus visitantes. La ofensiva se produjo el 30 de junio de 1520, cuando los mexicas capitaneados por Cuitláhuac, nuevo tlatoani tras la muerte de Moctezuma, expulsaron a los invasores pero no llegaron a aniquilarlos y los derrotados lograron refugiarse en Tlaxcala.

Tras un período de reacomodo de fuerzas, aprovechado por los conquistadores para estrechar alianzas con los pueblos sometidos al imperio mexica, apoyo que resultó determinante para la caída de la ciudad, en mayo del año siguiente comenzó el largo asedio por agua y tierra de Tenochtitlan. Tras una resistencia heroica, después de tres meses de lucha, los defensores perdieron el bastión de Tlatelolco y fue capturado Cuauhtémoc, el último tlatoani del imperio. Era el martes 13 de agosto, día 1-coatl (serpiente) del año 3-calli, la ciudad cayó en manos de los conquistadores y México-Tenochtitlan quedó totalmente arrasada.

Los vencedores debatieron si era conveniente buscar otro asentamiento fuera de la zona lacustre. Cortés apostó por la edificación de la ciudad colonial sobre los escombros de la capital mexica y decidieron conservar su estructura manteniendo plazas, calzadas y canales. Alonso García Bravo fue el encargado de realizar el trazo de la nueva urbe y en las obras trabajaron millares de naturales a las órdenes de los conquistadores. La ciudad fue construida partiendo del antiguo centro, sobre el Templo Mayor erigieron el cabildo y la iglesia catedral, y desde allí se fue extendiendo por los principales barrios. En los alrededores se instaló la población indígena, los sobrevivientes de la masacre.

La urbe colonial comenzó a denominarse en libros y documentos: “La muy noble y muy leal ciudad de México-Temixtitán.” Años después llegó a ser conocida como la “Ciudad de los Palacios” y en ella no quedaron vestigios del esplendor anterior. La celeridad de esta transformación fue documentada en el plano denominado “Mapa de Santa Cruz” (Upsala), de 1551, donde podemos observar el cambio que, en tres décadas, se había producido sobre las ruinas de México-Tenochtitlan, que desde entonces quedó convertida en la esplendorosa ciudad imaginada.

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