Trágame treintas: caídas desde el tercer piso Parte 1

Autor: Publiko 18 febrero, 2018


Seguro recuerdas lo horrible que era pasar por un momento vergonzoso en tu adolescencia y lo reconfortante que era leer los de otras chicas en la revista Tú. Con la edad, la vergüenza solo empeora y aquí hay tres historias para sentirnos acompañadas en esta cosa llamada vida.

 

La cita que salió mal

Era mi primera cita con un chico de Tinder. Fuimos a un bar y había 2×1 en mezcal. Había mucha química, la plática no cesaba, el alcohol tampoco. En algún momento, mi cuerpo decidió vomitar sobre la mesa que compartíamos con otras personas. Me asusté mucho porque pensé que había vomitado sangre, pero eran los chilaquiles rojos que habíamos probado. Lo siguiente que recuerdo es despertar por la mañana en mi cama, con los zapatos puestos y la bolsa aún colgando de mi hombro… sola, evidentemente. Si yo fuera él, no me hubiera vuelto a hablar, pero salimos varias veces más después de eso.

 

Paola, 31 años.

 

El incómodo pedo vaginal

Toda mujer debe lidiar con los pedos vaginales de vez en cuando. Estaba en la oficina y mi jefe me pidió unas cosas. Me paré y sentí el aire a punto de salir, pero lo aguanté frente a mis compañeros. Llegué con mi jefe, le di los documentos y estaba lista para alejarme y soltar el aire cuando empezó a contarme algo que me es imposible recordar porque mi mente estaba enfocada en no dejar salir el pedo. Doblé las rodillas, me quedé inmóvil, pero no funcionó. El aire salió, escandaloso y largo. Una parte de mí quería explicarle que no era un pedo normal, no era de esos que salen por el culo, como si eso aminorara la vergüenza.

 

Anónima, 31 años

 

La bella durmiente

Durante dos años había tenido un crush casi imposible. Un día, las cosas se acomodaron para que termináramos fiesteando juntos y él me invitara a su casa. La noche perfecta: pura pasión, puro romance. Por la mañana, me desperté con mi propio ronquido de esos en los que te estás asfixiando, y me había convertido en un monstruo de baba. Él ya estaba despierto, trabajando en su computadora junto a mí. Pensé que todo había acabado entre nosotros, pero extrañamente sigue invitándome a su casa a dormir.

 

Anónima, 30 años

 

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